Este artículo fue publicado en el primer número de la revista "Mental Power" el año 2017. Un relato extraído del documental "16 Días de Gloria" sobre lo acontecido en los JJOO de invierno de Lilleammer'94.
Un relato muy ilustrativo sobre lo que significan las evaluaciones cognitivas de "reto" o "amenaza" para competir; y cuan volubles pueden ser a medida que transcurren los acontecimientos. Al final del artículo se accede al enlace del video.
Como dijo el bardo “Nada es verdad, ni es mentira. Todo depende del cristal con que se mira”. Por ello parece obvio que la manera que tiene cada deportista de ver la competición es algo muy particular. Una competición es lo que llamaríamos una situación de rendimiento, es decir: Queremos conseguir unos resultados, debemos actuar de cierta manera para conseguirlos y existe una clara incerteza sobre lo que nos depara el futuro al respecto.
En ese tipo de situaciones sentir estrés y todas las sensaciones que de ello se desprenden es lógico y razonable. Sin embargo, la manera como vayamos a manejar ese estrés depende fundamentalmente de nuestra interpretación subjetiva de la misma situación.
¿Qué representa esa competición ahora para nosotros?. ¿Un reto o una amenaza?.
Evaluar la situación como una amenaza conduce al deportista a tener muy presente las consecuencias negativas de no conseguir los objetivos. El deportista quiere lograrlo pero está pendiente de cualquier estímulo que le “hable” de la posibilidad no deseada, de que ocurra lo peor. La amenaza le hace vulnerable. La ansiedad tenderá a ser excesiva y eso puede llegar a interferirle hasta el punto en que no logre actuar al límite de su potencial
Evaluar el reto, ser capaz de ver el desafió, conduce al deportista a contemplar la probabilidad, (¡por supuesto incierta ya que la seguridad no existe!) de lograr sus objetivos. El reto no hace del deportista un “kamikaze”, simplemente le reafirma sobre dos aspectos elementales: Su deseo de conseguir cosas y su estimación de que esas cosas pueden conseguirse, aunque no sin luchar. El reto por supuesto que también le hace experimentar ansiedad, pero muy probablemente esa ansiedad se verá controlada por el hecho de que el deportista permanece atento a los estímulos relevantes para actuar en cada instante, o en otras palabras, permanece concentrado.
Vamos ahora, desde este punto de vista, a comentar una competición ya histórica, pero que ilustra enormemente como el modo de ver las cosas de cada deportista condiciona su actuación. Se muestra además, que ese modo de ver las cosas es subjetivo y muy particular de cada uno; y además, por si fuera poco, puede cambiar en el transcurso de la competición según se sucedan los acontecimientos.
En 1994 tuvieron lugar los XVII Juegos Olímpicos de invierno en la bonita población noruega de Lillehammer. La épica deportiva de lo que allí aconteció el último día de las competiciones, nos recuerda a los dramas de la antigüedad. La ilusión, la esperanza, la frustración y la amargura planeo sobre la cabeza de los competidores por igual, para posarse finalmente en algunos de ellos. Esta es una muestra palpable de cuan rápidamente pueden cambiar las situaciones, y de cuan voluble puede ser nuestra manera de ver las cosas, del reto a la amenaza y al revés; así como lo pueden ser nuestras emociones.
Como observadores externos de una competición, nunca sabremos lo que paso por las mentes de los competidores. Por ello sólo podremos especular sobre su forma de evaluar las situaciones. Aún así, el reto y la amenaza nos proporcionan conceptos útiles para entender lo que la situación puede representar para quienes la viven.
Alberto Tomba, italiano, el esquiador más carismático desde finales de los 80 hasta mediados de los 90, apodado “La Bomba”, se presentó a los Juegos Olímpicos de Lillehammer en 1994 habiendo dominado las pruebas de slalom en los dos últimos Juegos Olímpicos.
Sin embargo, en 1994 corría la voz de que “La Bomba” no estaba en su mejor momento. El 23 de febrero de 1994 63 esquiadores tomarían la salida del slalom gigante olímpico. Sin duda, después de sus dos oros olímpicos precedentes, Tomba era uno de los favoritos. Sin embargo, hacía casi dos años que Tomba no ganaba un gigante. Al iniciarse la prueba pronto se hizo evidente que no estaría entre los primeros. Tras la primera manga, sólo logró terminar en la 13ª posición, a más de un segundo del primero. Esta situación no le dejaba otra opción en la segunda manga más que tomar todo el riesgo para intentar sobreponerse. Dadas las circunstancias, ¿podría haber replanteado el reto?, ¡Nada a perder!. Sin embargo, la actuación de Tomba más bien parecía una suerte de “huida hacia adelante”. Tal vez esquió algo a la desesperada, realizando una bajada muy agresiva. A tres puertas del final se salió del recorrido. ¡Eliminado!. Estaba fuera de carrera. Por primera vez en tres Juegos Olímpicos Alberto Tomba no podría subir al podio del slalom gigante.
Cuatro días después, Tomba corría el slalom especial. La que podía ser la última prueba de su carrera olímpica. Sería el último intento para convertirse en el único esquiador en la historia que lograra ganar medallas en tres Juegos sucesivos.
Los 60 mejores esquiadores del mundo iban a batirse en dos mangas con recorridos diferentes, cuyos tiempos iban a sumarse. Sin embargo, la suerte, todo eso que está más allá del control directo del deportista, hizo acto de presencia. El sorteo “condenaba” a Alberto Tomba a abrir pista; saldría el primero. El inconveniente de salir el primero, no siempre es técnico. En unos Juegos Olímpicos las condiciones de la pista suelen ser excelentes aún para el primero, puesto que diversos “ovreurs” expertos han trazado el recorrido sin deformar inadecuadamente la huella. A pesar de ello, abrir pista supone que mientras Tomba desciende no hay tiempos de referencia para nadie, su crono sería el estándar para todos los demás.
En este último día de competición en Lillehammer, algunas cifras eran difíciles de creer. Italia había conseguido 19 medallas, pero Tomba, su estandarte, el buque insignia de la escuadra “azurra”, ¡aún no había conseguido ninguna!.
Tomba finaliza la primera manga y... 1’02”84!. Aún sin disponer de tiempos comparativos, parece evidente que Tomba tiene problemas. Su semblante muestra el descontento, hace gestos, niega con la cabeza.
El siguiente esquiador, el esloveno Kosir ya logra mejorar el tiempo en 0’00”29. A medida que uno tras otro, los mejores esquiadores del planeta, van completando su primera manga se confirma que el crono de Tomba es mediocre. ¡Doceavo!, a 00’01”84 de la cabeza. ¡Casi 2 segundos!.
Ahora, era seguro que el significado que esta competición estaba tomando para Tomba, iba a cambiar enormemente. De nuevo, al igual que cuatro días antes, se hallaba en una posición muy comprometida. ¿Nada a perder?.
Thomas Stangassinger de Austria, con un tiempo de 1’01”00, y Kjetyl Andre Aamodt de Noruega, encabezaban la clasificación provisional. Ambos iban a afrontar la segunda manga en unas condiciones muy diferentes. Ellos también deberían esquiar al límite, pero en su caso defendiendo sus “medallas provisionales”. El austriaco como “oro virtual”; el noruego además como ganador ya de tres medallas en otras pruebas. Peter Roth, alemán, era el bronce provisional.
Tal como el propio entrenador de Alberto Tomba, Gustav Thoni, declaró, abrir pista hizo que Tomba bajara con un cierto miedo, sintiendo la amenaza de no conseguir esa medalla definitiva en su carrera. Para Tomba, héroe de las pistas, valiente y agresivo no era normal experimentar eso. ¿Quizás la amenaza hizo más mella por ser un sentimiento inusual?.
En la segunda manga, los primeros quince, iban a salir en orden inverso a la clasificación. Por lo tanto, Tomba saldría el cuarto. Como el propio Tomba declaró luego, él mismo no creía tener ninguna posibilidad de medalla. Tener tres o cuatro esquiadores por delante hubiera sido un handicap superable, pero once eran demasiados. Dio por hecho que iba a realizar su última carrera olímpica y no podía marcharse de los Juegos sin competir al máximo, tal como él sabía hacerlo. De alguna manera el logro del ansiado metal dejo de ser una idea central en su cabeza. ¡Y apareció el reto!,... esquiar realmente bien.
Con esta nueva perspectiva Tomba realizó una fabulosa segunda manga deteniendo el crono en 0’59”33. El mejor tiempo del día y el único por debajo del minuto. Su actuación había terminado. Ahora, de repente, era el primer clasificado provisional. Sólo quedaba esperar a que bajaran el resto de los 11 esquiadores mejor clasificados que él. Sin embargo, ahora los lideres, que le aventajaban enormemente en la primera manga iban a experimentar la presión impuesta por Tomba. La amenaza de perder las medallas era algo palpable y real.
Once esquiadores siguieron a Tomba, todos con la posibilidad de superarlo... pero no lo hicieron. Cuando ya sólo quedaban cinco esquiadores por bajar, Tomba seguía siendo el líder provisional de la clasificación final.
Finn Christian Jagge, también noruego, defendía su título olímpico conseguido en Albertville ‘92. Hacía sólo dos años superó al propio Tomba, pero ahora no iba a poder.
Después llegó el turno de Sikora, otro austriaco. Sikora acusaba ya la situación,... las medallas estaban al alcance de la mano, muy cerca, no convendría hacer nada que lo estropeara. Pero Sikora se salió a mitad del recorrido.
Ya sólo quedaban los tres primeros clasificados de la primera manga, todos ellos con una ventaja en tiempo notoria sobre Tomba.
Peter Roth, el alemán, sale. Sus aspiraciones aún son todas y defiende su opción a una medalla que aún no tiene. Pero se sale del recorrido en la segunda puerta. ¡Es increíble, pero Alberto Tomba, a pesar de su mala primera manga, ya tiene garantizada la medalla de bronce!.
¡Pero aún quedan dos esquiadores!. Ahora toma la salida Kjetyl Andre Aamodt. El noruego esquía en casa. Aspira a todo, pero en su situación, podría sentir que ya defiende la plata. Además, para el, una medalla sería la sexta en dos Juegos Olímpicos, o dicho de otro modo, ¡el mayor número de medallas olímpicas jamás conseguido por un esquiador alpino hombre o mujer!. Su salida es fulgurante, pero en la segunda puerta se sale del recorrido, exactamente como el alemán. Su grito de rabia se oyó en el otro extremo de la pista.
Tomba, después de un inicio de competición desastroso ya era plata. Podría incluso optar al oro. Lleva minutos tenso, sin poder hacer nada, sólo esperando que sus rivales sigan fallando como no han dejado de hacerlo. Y solamente queda un hombre en el portillón. Thomas Stangassinger, de Austria. La presión que Stangassinger debía de soportar era máxima. Como ganador de la primera manga su ventaja sobre Tomba era de casi dos segundos. Eso debería ser una renta más que suficiente para administrar el riesgo en su segundo descenso y asegurar así definitivamente su oro. Sin embargo, un pequeño error podía dejarle sin nada. En tales circunstancias, ¿ cómo mantener una mentalización dirigida al reto?. Evidentemente aún no había ganado, y lo que debía hacer para concluir su trabajo probablemente era esquiar con naturalidad y administrar ese 0’01”84 de ventaja de la primera manga. Stangassinger sabía que era el único que podía batir a Tomba, pero de la misma manera el segundo, tercer y cuarto clasificado de la primera manga acababan de salirse del recorrido ante sus ojos.
¡Pip, pip, pip, pip, piiiip...!, Stangassinger toma la salida e inicia un descenso lento y temeroso. Muy lento. ¿Cabria pensar que actúa fría e inteligentemente?. Al llegar a la meta su tiempo es 0:01”69 más lento que el de Tomba. ¡Suficiente!. ¡El oro será para Austria!. La plata, increíblemente y remontando desde la doceava posición para Alberto Tomba, el abanderado de Italia.
Como Tomba dijo, ¿qué más podía pedir?, después de verse literalmente sin opciones conseguía ser el primer esquiador con medallas en tres Juegos Olímpicos.
Sin embargo, siempre deberemos preguntarnos si las escasísimas 15 centésimas de margen que cayeron del lado de Austria fueron debidas a la magnífica gestión de la ventaja que hizo Stangassinger, o bien si fueron los sentimientos de amenaza los que le atenazaron haciéndole esquiar extremadamente lento, tanto que sólo la providencia inclinó la balanza de su lado. Al fin y al cabo, en un descenso de algo menos de un minuto y bajo tales circunstancias... ¿pueden administrarse 15 centésimas?.
El slalom especial de Lillehammer será recordado durante décadas. Una competición épica de hombres que lucharon y cometieron errores. Todos los cometieron y en esa medida la situación mutaba por momentos para unos y otros. Sus sensaciones, sus vivencias y sus esfuerzos por mantenerse orientados al reto y a la gloria olímpica seguro que quedaran imborrables en el recuerdo de todos ellos.
Algún tiempo después un columnista escribió, sobre esa competición: “... un hombre no está acabado cuando ha sido vencido, si no solamente cuando abandona la lucha”.


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