En el año 2017 hubo un intento de editar una revista de psicología del deporte en tono plenamente divulgativo. El nombre de la revista era "Mental Power". Una publicación que debía ver la luz en los quioscos ante el público general; y que sólo duró dos números. Este es el artículo del tercer número que nunca vio la luz.

Los campeonatos, que incluían la natación, las pruebas en aguas abiertas,
la natación sincronizada y el waterpolo, supusieron el estallido de algunas de
las grandes estrellas actuales de la piscina. Como por ejemplo el estadounidense
Michael Phelps, después de colgarse seis medallas, tres de ellas de oro, dos
platas y batir cinco records del mundo. Una gesta, que los medios no dejaron
pasar la ocasión, para compararla con la del mítico Mark Spitz en los Juegos de
Munich en 1972.
El día 24 de julio, el Palau Sant Jordi, la instalación más emblemática de
los Juegos del 92, la joya del Anillo Olímpico de la montaña de Montjuïch, vivía
una de las jornadas más apretadas. Por la mañana, en un ambiente mucho más
relajado se disputaban las eliminatorias de 6 pruebas diferentes, pero por la
tarde el programa deparaba nada menos que cuatro semifinales y cinco finales.
Esa tarde las pruebas se reanudaban a las 18:00. Antes de iniciarse la
sesión vespertina la piscina estaba repleta de nadadores de todos los países y
de todos los estilos calentando. Siempre me he preguntado, como, nadadores de
élite, pueden calentar de esa manera, como pueden buscar sus sensaciones
nadando en un carril más repleto que los de los niños en un cursillo de natación.
Nada más entrar me dirigía hacia la grada de deportistas, que es el lugar
donde sin duda se vive el ambiente más emocionante. Los equipos se colocan
juntos en la grada y viven muy intensamente las actuaciones de los suyos; los
gritos de ánimo y los cánticos de apoyo no cesan, al mismo tiempo que se puede
ver como los deportistas, que van a actuar más tarde, empiezan a retirarse a
tiempo hacia las zonas de calentamiento y la cámara de salidas.
Allí me crucé con uno de los mejores nadadores del equipo nacional, que por
supuesto me cuidaré mucho de identificar. –“¿Qué tal?”. – saludé, con aire un
poco protocolario y sin la menor intención de pedir explicaciones, ni de
realizar evaluación psicológica alguna. Sin embargo, la respuesta fue un
inesperado – “Mal...”. Me contó en cinco segundos que su prueba le había ido
mal, que no había podido nadar deprisa por la gran turbulencia que se generaba
en la piscina debido a un diseño especial de las corcheras que separaban las
calles... Sorprendido por la respuesta, me limité a asentir. ¡Yo sólo te estaba
saludando!, pensé para mi. Mala cosa cuando aprovechas la ínfima oportunidad
para relatar al primero que se presenta las excusas a las que atribuyes tu mal
rendimiento, casi sin mediar previa. ¡Menuda necesidad de justificación!. Más
tarde pude ver en la prensa que las quejas sobre las turbulencias en la piscina
eran compartidas con otros miembros de nuestro equipo nacional. Es la cultura
de la queja.
La piscina era una construcción desmontable para la ocasión a base de
piezas gigantes de acero galvanizado, ensambladas y sujetadas por tensores. La
profundidad era de 2 m. en toda la piscina. Una proeza de ingeniería sin duda. Al
parecer el diseño especial de las corcheras, según la opinión de los técnicos,
favorecía que las calles no se contaminaran las unas a las otras con las
turbulencias generadas por los nadadores; hecho por el cual la turbulencia de
cada nadador rebotaba hacia el centro de la propia calle tras el paso de éste.
Por supuesto que yo no pongo en duda lo que los técnicos me dicen acerca de
que los nadadores debían “tragarse su propia turbulencia”. Sin embargo,
“nuestro nadador” tenía prisa por explicar el gran handicap que para el suponía
este detalle, calificando la piscina como “lenta”. El dato que me gustaría haberle expuesto, si
no fuera por que ese no era el momento de discutir y también por el pequeño
detalle de que yo lo ignoraba en ese momento, es que en Barcelona 2003 se
batieron 14 records del Mundo, 6 de Europa y 8 de España, me imagino que a
cargo de nadadores a quien la turbulencia no afecto demasiado.
Precisamente esa turbulencia fue el desencadenante de una de las gestas psicológicas
más notables que se recuerdan en la natación. Ese mismo 24 de julio tenía lugar
la final de las finales, la prueba reina, los 100 m libres masculinos. La
distancia por excelencia. Se trata de ir al otro lado de la piscina y volver.
Eso es todo, y eso es lo que decidirá quien es el hombre capaz de nadar más
rápido del planeta.
En la fabulosa cámara de salidas, amplia, cómoda, cubierta de monitores de
televisión con datos e imágenes y bajo el control de los comisarios de la
competición, ya esperaban los ocho hombres más capaces de realizar la gesta en
bastante menos de 50 segundos. Entre ellos, tres tienen un carisma especial para
el público.
Ian Thorpe, el gigante australiano que aún no ha cumplido los 21, con 1’95
de altura, 96 kg de músculo y un pie descomunal. Su palmarés en ese instante ya
incluía dos oros olímpicos en Sidney y varios records del Mundo. Pude ver a
Thorpe ganando dos días antes en la final de los 200 m. Es sorprendente la
sensación que produce al salir del último viraje, cuando todos pierden fuerza y
sus frecuencias tienden a acelerarse para no quedarse atrás. ¡Thorpe empieza a
nadar más lentamente!. Mas lentamente, si, pero avanzando a mayor velocidad,
con una exhibición de aplicación de fuerza en el agua que produce la paradoja
visual de ver como el que avanza más deprisa es el de movimientos más lentos,
con la majestuosidad y la inercia de un buque gigante lanzado a toda máquina.
Uno llega a pensar si no tendrá problemas para detenerse cuando llegue al
muelle, es decir a la pared.
Pieter Van Den Hoogenband. Un holandes de 25 años y 1,93 de estatura que
acredita un dilatado palmarés, de entre el cual, en ese momento, cabe destacar
precisamente el record de mundo de los 100 m. libres (47”84) la prueba que
estaba a punto de disputar. Den Hoogenband también poseía el record mundial de
los 200 m. pero hacía tan solo dos días Thorpe le había arrebatado la victoria,
aunque nadando ambos mucho más lentos.
Alexander Popov, de Rusia, el hombre de mayor carisma en la natación
mundial, apodado “el zar”. En el 2003 Popov ya es un veterano de 31 años y su
palmarés da miedo: 4 oros olímpicos y 3 platas en los dos últimos Juegos; y un
largo etc... Dos datos a destacar: es el bicampeón mundial de los 100 m. libres
y aún ostenta el record del mundo de los 50 m.
Algunos piensan que Popov está definitivamente mayor para realizar por
tercera vez la proeza. Recientemente ha sido elegido como miembro del Comité
Internacional Olímpico, galardón que, entre los deportistas, sólo se reserva a
los grandes entre los grandes. Dicen que va a retirarse muy pronto. En el 2003
los jóvenes que le flanquearán en el agua están ansiosos por destronar al zar.
Aún cuando Popov llegue el primero al otro extremo de la piscina, deberá volver;
y allí le esperan la resistencia a la velocidad del holandés y la fuerza del
australiano.
Al desfilar desde la cámara de salidas hacia la “playa” el público aplaude
a todos, pero cuando la megafonía presenta a Popov todo el Palau le rinde
homenaje, también los otros equipos. Esa tarde el Palau Sant Jordi batió el
record de público presenciando un evento de la Federación Internacional de
Natación, 11.150 espectadores. Jamás tantas personas habían presenciado en
directo unas finales de natación, ni en los Juegos Olímpicos, ni siquiera en
Sidney, en el país de la natación. Vuelven los recuerdos de Barcelona’92,
quizás fue el momento en que más claramente se evocó el espíritu de los días
olímpicos, ya lejanos.
Ahora, se hace el silencio, once mil almas contienen la respiración y ocho
hombres se tensan como arcos sobre los poyetes de salida. Suena el pitido y
saltan al agua, saltan muy lejos. Al salir a la superficie es imposible
distinguir ninguna diferencia, los 50 primeros metros se nadaran a un ritmo
infernal, será difícil apreciar visualmente las distancias entre ellos.
En una prueba de velocidad, parece obvio, pero de lo que se trata es de
nadar tan deprisa como sea posible. Normalmente en las pruebas de medio fondo y
velocidad prolongada algunos nadadores pierden el ritmo o son presas de la
ansiedad por estar evaluando demasiado donde están sus rivales, cuanto les
queda o como están sus fuerzas. En estos casos, se recomienda que prescindan de
esos aspectos y se centren en ejecutar técnicamente bien. Lo que se suele
entender por “hacer tu carrera y olvidarte de los demás”. En una prueba corta
como los 100 m. parece aún más obvio que ese debería ser el tipo de atención
que guía a un nadador. Ejecutar bien, en los 100 m, incluye realizar tan
exquisitamente como sea posible el viraje. Dada la igualdad de potenciales, de la
ejecución eficaz del viraje va depender en gran parte el resultado. Los
analistas biomecánicos distinguen hasta 8 fases en ese movimiento y 9 aspectos
coordinativos distintos que el nadador debe controlar. Cualquier nadador
intentará mantener su atención en los aspectos sensoriales que le permitan una
anticipación adecuada del viraje. Hay que encontrar el momento preciso para
virar, hacerlo desde lejos no permite aprovechar correctamente la impulsión de
salida; hacerlo demasiado cerca te dejará flexionado y te hará perder tiempo;
si sales con mucha profundidad tardarás en volver a la superficie y a tu ritmo;
salir antes de tiempo te hace desaprovechar la eficacia del desplazamiento
submarino,... En principio se supone que ejecutar técnicamente bien te hará ser
más rápido.
Cuando los ocho finalistas de los 100 m. libres llegan al viraje el primero
de ellos detiene el parcial en 23”05. El publico se gira rápidamente hacia el
marcador electrónico para ver cual ha sido el orden de paso a los 50 m. Pero en
ese momento sucede algo sutil y magistral. La potencia de esos ocho hombres ha
generado una ola gigante en la piscina más propia de un pequeño motor fuera
borda que de un ser humano. Y las corcheras van a hacer que cada uno de ellos
al salir del viraje “se coma” su propia ola que ha dejado tras de sí. Thorpe y
Den Hoogenband viran magníficamente y ahora, al volver a la superficie, van a
luchar de tu a tu contra sus respectivas olas. ¡Pero Popov ha tenido en cuenta
esa circunstancia!. Sabía que al salir del viraje su propia ola le golpearía
frenándolo en exceso y por eso ha modificado ligeramente su viraje alargando algo
más su salida a la superficie. No vira de la mejor manera posible según los
cánones, sino de la manera más adaptada a las circunstancias. Las piscinas
miden lo mismo, pero el agua es un elemento móvil. Los piragüistas de aguas
bravas lo saben y lo asumen,... ¿por qué no lo asumen los nadadores?. El agua
no es un tapiz fijo. Popov no sólo lo entiende, sino que en una demostración de
inteligencia táctica lo aplica. No se limitó a tomar decisiones para ejecutar
técnicamente bien y ser rápido, sino que adaptó su ejecución para conseguir ser
más rápido que los demás en esa situación. Ese viraje le proporcionó la ligera
ventaja que ahora debía defender hasta llegar a la pared. ¡Y llegan!. Popov es
de nuevo campeón del mundo de los 100 m.(48”42), Van Den Hoogenband segundo
(48”68) y Thorpe tercero (48”77). El zar sigue reinando, la revolución deberá
esperar aún un tiempo.
Alexander Popov lejos de quejarse de una piscina ciertamente especial por
sus características, se adaptó, hizo lo necesario y cambió una decisión que
normalmente tiene una finalidad técnica, ejecutar bien, por una decisión con
finalidad táctica, ejecutar mejor que los otros ahora. Esta es la psicología
que distingue a los mejores de entre los buenos. Más allá de la potencia, de la
resistencia y de los propios resultados, esta es la materia con la que se
forjan los mitos.
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